El capitalismo de muerte

Andi Uriel Hernández Sánchez

El imperialismo estadounidense, corazón y cerebro del capitalismo mundial, ha entrado en una decadencia irreversible. Dicha decadencia es fundamentalmente económica, todavía no militar ni geopolítica, pero que obliga a los dueños de los grandes monopolios financieros, comerciales e industriales a intentar medidas desesperadas para mantener con vida al agonizante modo de producción basado en la obtención del máximo de ganancias.

Sus más sesudos economistas han intentado diversos remedios para insuflar oxígeno al capitalismo, pasando del Estado de bienestar al neoliberalismo, a la globalización, y de vuelta al proteccionismo y al nacionalismo y, a pesar de ello, no logran curar al sistema. Su mal es congénito, su crisis terminal y la caída en la tasa de ganancias de los capitalistas es resultado de su propio éxito, expansión y dominio.

Como resultado de los ensayos por salvar al sistema, los capitalistas estadounidenses impulsaron la globalización, trasladaron fábricas y cadenas de suministro importantes para su supervivencia a los países subdesarrollados y de la periferia capitalista (México incluido), sometidos por “tratados” desfavorables o por la fuerza de las armas, para extraer materias primas y explotar mano de obra a bajo costo; todo lo cual provocó la desindustrialización de los Estados Unidos, la precarización de su fuerza laboral, desempleo y pobreza. Ese es el mal que se incuba en sus entrañas y cuya cura es inexistente en el marco del capitalismo.

Ahora los señores del capital y la putrefacta clase política estadounidense a su servicio, están convencidos de que necesitan apoderarse de todo el mundo, por la fuerza si es necesario, para curar sus males intrínsecos, apropiarse de la parte del mundo que todavía no está bajo su control.

Sin embargo, en la parte del mundo fuera de su bota, se encuentran potencias económicas y militares poderosas como Rusia o China, que no se dejarán avasallar fácilmente, y también países menos poderosos pero cuyos pueblos han asumido una actitud de dignidad y patriotismo ante la amenaza que se cierne sobre el mundo: Irán, Venezuela, Corea del Norte o la pequeña Cuba, son algunos ejemplos.

Eso y solo eso, explica las recientes agresiones militares de Estados Unidos contra algunos de esos pueblos: la amenaza de invadir Rusia a través de Ucrania, el genocidio palestino para expandir a Israel como puesto de avanzada del imperialismo en Medio Oriente; el secuestro de Nicolás Maduro, presidente de Venezuela; la guerra entre Afganistán y Pakistan, la guerra contra Irán y la asfixia económica y energética contra Cuba, son solo los episodios más recientes.

Todas se nos presentan por los medios de comunicación hegemónicos como hechos desconectados, aislados unos de otros, pero, en realidad, todos están conectados, todos tienen en común al mismo agresor, al gobierno de los Estados Unidos, y por tanto, la misma causa: el desesperado intento de mantener vivo a un capitalismo agonizante.

Veamos, por ejemplo, la agresión contra el pueblo de Irán. No queda ninguna duda de que la causa es absolutamente económica. Basta observar un mapa con atención para percatarse de que Irán se encuentra en el corazón del Medio Oriente, que por su territorio pasan importantes rutas comerciales que entrelazan a China y Rusia con Medio Oriente y el continente indio, además de que controla el estrecho de Ormuz, por el cual transita diariamente el 20% del petróleo que consume el mundo y hasta el 35% del gas natural.

Asimismo, Irán ha impulsado una cooperación económica, tecnológica y militar con China a un nivel muy importante, a quienes los estadounidenses consideran su principal adversario en el terreno económico. Por tanto, la guerra en Irán, es en realidad, una guerra en contra de China. Los estadounidenses pretenden derrocar al gobierno iraní para poner a un régimen títere que cierre el territorio de este país al paso de las mercancías chinas hacia Europa y para impedirle tener acceso al petróleo y al gas natural de Medio Oriente. El objetivo es debilitar económicamente a China, para luego doblegarla militarmente.

Pero la guerra, es por sí misma, un recurso para la supervivencia del sistema económico y, por tanto, inherente al mismo. Andrés Piqueras, destacado economista marxista, sostiene que nos encontramos en la época del tanatocapitalismo o capitalismo de muerte, en el cuál, buena parte de la base productiva del capitalismo tiene como objeto la producción de armamento letal diseñado para la guerra y la destrucción.

El complejo industrial-militar estadounidense consume billones de dólares, ingentes recursos naturales y humanos, no solo en la producción de armas de destrucción masiva sino también en investigación científica y desarrollo tecnológico, sin embargo, nada de eso puede considerarse como “trabajo productivo” porque, paradójicamente, su finalidad es la destrucción de recursos naturales, infraestructura y seres humanos, es decir, su finalidad es la destrucción de parte de las propias fuerzas productivas de la sociedad.

“El capitalismo degenerativo encuentra su última línea de fuga en la salida bélica. El masivo consumo improductivo tanto de mercancías como de la propia fuerza de trabajo (empleada en el mejor de los casos en labores improductivas que no generan nuevo valor), se complementa crecientemente con la destrucción destructiva (ya no más “creativa”). El armamentismo y la guerra se convierten así en una maquinaria improductiva que “produce” (o salva pasajeramente al) capitalismo terminal, tanatocapitalismo o capitalismo de muerte” (andrespiqueras.com, 18 de marzo).

O sea, nos encontramos frente a un momento en que las contradicciones del sistema muestran su completa irracionalidad: para sobrevivir y continuar acumulando ganancias, necesita la guerra para destruir una parte importante de sus propias fuentes de riqueza. La industria de la destrucción y la muerte, es el más rentable de los negocios del capitalismo moderno. Una verdadera locura.

Los mexicanos debemos comprender esta lógica y darnos cuenta de que en el sistema económico capitalista no hay ninguna posibilidad de desarrollo, bienestar y paz para los pueblos empobrecidos y subdesarrollados del planeta, entre los que nos encontramos nosotros. El capitalismo solo ofrece destrucción, guerra y muerte. La única posibilidad de supervivencia y desarrollo está en superar el sistema económico actual.

Para lograrlo es necesaria la organización y toma de conciencia de la clase trabajadora, para lo cual es absolutamente indispensable la formación de un partido revolucionario y científico que conduzca el proceso de construcción de una sociedad nueva y más equitativa, que no esté dominada por el afán de ganancia de unos pocos sino que tenga por objetivo principal el bienestar y la felicidad del género humano. Antorchistas esa es nuestra difícil pero honrosa y necesaria tarea.