A LA JUVENTUD DE MI TIEMPO

Andi Uriel Hernández Sánchez
Recientemente el portal de noticias Expansión Política, publicó un reportaje sobre las condiciones adversas que enfrentan los jóvenes mexicanos que pertenecen a las generaciones conocidas como millenials y centennials (aquellos nacidos después de 1988), así como el oscuro panorama que se proyecta en el futuro a mediano y largo plazo para ellos, de continuar creciendo sin fin la brecha de desigualdad social y la concentración de la riqueza en menos manos.

Uno de los apartados del reportaje desmiente el mito de la llamada “movilidad social”, al asegurar categóricamente que en los últimos años la brecha de desigualdad económica en México se ha venido ensanchando y que cada vez es más difícil (y, con seguridad lo será en el futuro) para los jóvenes que van incorporándose al mercado laboral obtener un trabajo seguro con un salario digno, que les permita costear sus necesidades básicas, ya no digamos alcanzar un alto nivel socioeconómico.

“En México solo dos de cada 100 personas que nacen en los hogares más pobres alcanzan ingresos altos en la adultez, de acuerdo con Raymundo Campos, investigador de El Colegio de México”, señala el reportaje y agrega que el número de adolescentes y jóvenes de entre 12 y 29 años que actualmente viven en situación de pobreza se incrementó entre 2016 y 2020, al pasar de 16.2 millones a 17.9 millones. Según la opinión del especialista citado, el 98% de estos millenials y centenials vivirán el resto de sus vidas en esta condición.

La educación que ofrece el Estado mexicano tampoco parece estar abonando a mejorar las perspectivas de futuro de los jóvenes que representan, en muchos casos, la esperanza de sus familias para mejorar su suerte. Ciertamente 9 de cada 10 jóvenes logra un nivel educativo mayor que el de sus padres, pero el 52% no concluye la secundaria y obtiene, en promedio, un salario de 5,000 pesos mensuales; sorprende que el salario promedio de los que sí logran obtener un titulo universitario en México apenas sea de $5,454. Además, el 52% de los jóvenes profesionistas trabaja en el llamado sector informal, es decir, que no tiene acceso a la mayoría de las prestaciones legales, tampoco acceso a la seguridad social ni la posibilidad de ahorrar para el retiro.

Eso sin contar que, durante la pandemia, uno de los sectores más afectados por la pérdida de empleos fue precisamente el de los menores de 25 años, pues fue a quienes despidieron primero, lo que provocó que el desempleo en este grupo poblacional pasara del 25.8% al 52.9% en tan solo dos años.

Esta situación dificulta seriamente las posibilidades de tener una vida decorosa y confortable en el futuro inmediato. Por ejemplo, es casi imposible que los jóvenes de la generaciones mencionadas puedan adquirir una vivienda digna, pues el costo promedio de una vivienda en México es de 1.53 millones de pesos, de acuerdo con la Sociedad Hipotecaria Federal, bastante lejos del sueldo de la inmensa mayoría.

“Alrededor de 2005, las personas necesitaban entre 70 y 80 años de trabajo para comprar un inmueble. Era muchísimo, pero en 2022, el promedio subió a 130 años. Se complicó mucho más, así que la crisis no solo está en las clases bajas, en donde ha estado hace décadas, sino que llegó a las medias y altas”, se relata en el reportaje de forma contundente.

Otro grave problema es que a las generaciones de nuevos trabajadores les corresponden sistemas de ahorro para el retiro bastante regresivos, con lo que será prácticamente imposible pensar en alcanzar la edad de jubilación y vivir cómodamente los últimos años de vida percibiendo una pensión fruto de los largos años de trabajo, como ocurre con nuestros padres y abuelos. Uno de los actuales requisitos para lograr una pensión es cumplir 800 semanas cotizadas, algo que no siempre se puede lograr debido a que no todos pueden trabajar en el sector formal o lo hacen por periodos cortos. Esto quiere decir que, en el futuro próximo, si las cosas se mantienen así, tendremos una generación de ancianos totalmente desprotegidos económicamente.

Estos pocos datos dan cuenta de una verdad irrefutable: que en el actual sistema capitalista de producción las condiciones de las clases trabajadoras, las que producen la riqueza con su esfuerzo diario, y las de sus hijos, lejos de mejorar gradualmente tienden a ir empeorando con el tiempo. Pues la concentración de los grandes medios de producción en unas cuantas manos, tiende a incrementarse exponencialmente conforme se desarrolla el sistema y, por tanto, también se ensancha brutalmente la brecha entre riqueza y pobreza.

Actualmente, 26 multimillonarios en el planeta concentran la mitad de la riqueza de la humanidad y en México, el 1% de la población tiene tanto dinero acumulado como el 54% de la población del país. Mientras que 10 millones de mexicanos cayeron en pobreza extrema durante la pandemia, el hombre más rico, Carlos Slim, incrementó su descomunal fortuna en unos 25 mil millones de dólares adicionales, 750 mdd al mes, 25 mdd al día o un millón de dólares por hora, en promedio. Un verdadero sinsentido.

Y la verdad es que no hay salida para tan irracional crecimiento de la desigualdad social dentro de este sistema económico, que ya no tiene mucho qué ofrecer a las nuevas generaciones, más que violencia, perdición, falsas expectativas y manipulación grotesca. Sigue pues, más vigente que nunca, el planteamiento de que es necesario luchar por la construcción de una sociedad superior y distinta, en la que no sea el afán de lucro y la ganancia mezquina e individual lo que haga funcionar a la sociedad, sino la necesidad constante de que todos los seres humanos adquieran una vida plena.

Y es, precisamente, en medio de tan desolador panorama para la juventud y la niñez de mi tiempo, en que el Movimiento Antorchista Nacional ha convocado nuevamente a su Espartaqueada Deportiva Nacional, una gran fiesta deportiva popular, que tiene como uno de sus objetivos más profundos que las nuevas generaciones se convenzan de la necesidad de transformar revolucionariamente el sistema social, económico y político que nos oprime a todos. No es el deporte en sí mismo lo que nos mueve, sino el deporte como mecanismo de superación individual y colectivo.

Invito modestamente a todos los niños, jóvenes y adultos que acudirán a Tecomatlán, Puebla y a quienes seguirán nuestro evento nacional a la distancia, a partir del 6 y hasta el 14 mayo, a que conciban esta gran justa deportiva como un verdadero y heroico acto de rebeldía frente al sistema económico imperante y como una muestra, todavía pequeña pero contundente, de las grandes proezas que la humanidad puede construir en una sociedad distinta y superior a la actual, una en donde el afán irracional de ganancia de unos cuantos no se imponga frente al bienestar de la sociedad entera y en donde todas las acciones humanas, incluyendo al deporte, sean realizadas para que redunden en el mayor beneficio colectivo posible.

Que sea, pues, la XXI Espartaqueada Nacional Deportiva del Movimiento Antorchista un gran faro en medio de la tempestad que convoque y cohesione a todos los jóvenes mexicanos que buscan un futuro luminoso para la humanidad y una prueba de que tal futuro es plenamente posible si no unimos todos los oprimidos y trabajamos arduamente para construirlo. ¡Allá nos vemos!