De nacionalismo, fútbol y graduaciones

Andi Uriel Hernández Sánchez

Cuando menos desde la década de los 80 del siglo pasado y hasta nuestros días, el imperialismo estadounidense y sus aliados han utilizado su poderoso aparato de guerra ideológica para convencer a la humanidad, particularmente a los pueblos de los llamados “países subdesarrollados”, de renunciar a todo ápice de nacionalismo, a rechazarlo por ser un anacronismo, una antigualla que solo sirve, según ellos, para retrasar el desarrollo de los países rezagados.

El imperialismo se ha empleado a fondo, utilizando los medios de comunicación y el control sobre los gobiernos, para lograr que los pueblos sometidos apoyen la famosa globalización: un proceso de integración global donde todos los seres humanos se conciban como “ciudadanos del mundo” y vean en la economía de libre mercado el único sistema posible, donde no existan restricciones de ningún tipo para el tránsito de mercancías ni capitales, donde se entronicen los mismos valores universales —como la democracia occidental, por ejemplo— y el mismo estilo de vida —el estadounidense, por supuesto—. Con este fin se han gastado miles de millones de dólares para eliminar las culturas nacionales y el patriotismo en aras de imponer una única cultura global, una que coloque a los estadounidenses como los salvadores del mundo y los creadores de todo lo bueno, sublime y superior en materia cultural.

Los gobiernos de los países que se oponen a este proceso de globalización y deciden proteger sus riquezas nacionales y a sus pueblos son presentados como enemigos de la humanidad y de los valores universales y, utilizando ese discurso, son víctimas de agresiones militares, revoluciones de colores y campañas de odio orquestadas por el imperialismo estadounidense. Rusia, Venezuela, Cuba e Irán son solo los ejemplos más recientes.

La globalización fue el ropaje ideológico utilizado por el imperialismo tras el fin de la Guerra Fría y la desintegración del campo socialista. Sus teóricos argumentaron que, con ella, se lograría una sociedad mundial integrada en un solo sistema que remediaría todos los males sociales, generaría un reparto justo de la riqueza a través de empleos dignos y bien pagados, acabaría con las guerras y traería paz, bienestar y prosperidad económica a los pueblos del mundo.

Sin embargo, hoy podemos comprobar en la práctica los resultados reales de tal proceso: en lugar de un reparto más justo de la riqueza social, hoy el 1% más rico del planeta concentra el 99% de la riqueza global; en lugar de la paz prometida, hay más de 56 conflictos armados en todo el planeta y Estados Unidos tiene las manos metidas en el 90% de estos; amplios ecosistemas colapsan a consecuencia de la explotación irracional y desmedida de los recursos naturales; y el desempleo, los bajos salarios, el crimen, las enfermedades y el hambre tienen asolada a la población mundial.

La famosa globalización no ha sido más que la mascarada utilizada por el imperialismo para imponer su visión del mundo y el afán de lucro de los gigantescos monopolios por encima de la felicidad humana.

Así pues, frente a este escenario, el nacionalismo —el amor de los pueblos por el pedazo de tierra que les ha tocado como patria, el sentimiento de orgullo por su historia, sus símbolos nacionales, sus tradiciones y su cultura milenaria— es un acto indispensable de instinto de conservación, una herramienta vital para construir un muro ideológico impenetrable frente a los poderosos intereses que intentan imponer su visión del mundo y borrar de la faz del planeta a todos los pueblos que se le opongan.

Y es quizá ese despertar nacionalista y patriótico uno de los aspectos más positivos que nos ha dejado la reciente Copa Mundial de Fútbol, con México como uno de los tres países sede. Frente a las pretensiones elitistas, mercantiles y propagandistas de los grandes capitales que controlan la FIFA, el pueblo trabajador mexicano respondió desbordando plazas públicas, avenidas principales y unificándose como un solo hombre detrás de sus colores nacionales.

Es verdad que dicha unidad nacional debería mostrarse también para enfrentar nuestros grandes problemas nacionales, para solidarizarse con las causas nobles o para exigir resultados a los malos gobiernos. Sin embargo, quienes condenan esta actitud ignoran u olvidan que la indignación y, más aún, el deseo profundo de transformar la realidad no nace de forma espontánea en la conciencia de los pueblos, por muchas injusticias o sufrimiento que enfrenten.

La conciencia política es un producto mediado, que requiere introducirse en la mente del pueblo de México desde fuera, por una vanguardia organizada consagrada en cuerpo y alma al estudio de la ciencia social y a la organización de las clases trabajadoras del país.

Aun así, comprobar que en México hay millones de ciudadanos patriotas a pesar de toneladas y toneladas de propaganda envenenada del imperialismo permite tener un atisbo de esperanza ante la peligrosa amenaza de intervención militar que nos acecha.

Es ese mismo instinto de conservación nacional una de las tantas razones por las que, desde hace muchos años, las escuelas fundadas por el Movimiento Antorchista Nacional promueven en sus ceremonias de graduación eventos culturales de calidad, donde tienen cabida la poesía, la música, los bailes folclóricos y los valses nacionales, convirtiéndolas en verdaderas fiestas nacionalistas.

Los maestros antorchistas deben perseverar en este camino, sobreponiéndose a todas las dificultades económicas, administrativas, políticas e ideológicas que encuentren en el camino, pues si aspiramos a construir un país rico y con un futuro promisorio, debemos inculcar en nuestro pueblo, por todos los medios a nuestro alcance, el orgullo nacional y la firme decisión de defender su territorio, sus recursos y su soberanía.

Los antorchistas estamos convencidos de que llegará un día en que la humanidad evolucionará hasta que, como resultado de su propio desarrollo, se eliminen las fronteras y las desigualdades nacionales para crear una sola sociedad mundial, donde todos los hombres y todas las mujeres, sin distinción de raza, color, cultura o religión, gocen de los mismos derechos e idéntico bienestar. Esa será una auténtica globalización.

Pero algo así jamás será posible mientras exista un imperialismo rapaz, egoísta y depredador que pretende unificar el mundo en provecho de sus monopolios, no para el bien de toda la humanidad. Mientras exista este imperialismo, los países débiles no pueden renunciar a la que es, probablemente, su mejor defensa: la unificación de sus pueblos para defender lo único que tienen, es decir, su territorio, sus recursos, su pueblo trabajador y su cultura. Renunciar al nacionalismo mientras el buitre imperial acecha es algo más que un error: es un crimen en contra de su propia supervivencia.